Pintura y escultura de la naturaleza

Artículo en el Diario de Ávila, domingo 12 de mayo de 2013, pág. 10

Pedro Aldea lo tenía muy claro desde pequeño: quería ser cetrero. El caso es que su pasión por las aves empezó simplemente porque de niño tenía un jilguero pero más adelante «me invitaron a ver a un halcón cazar urracas y lo vi: fue maravilloso». Su casa, en la urbanización de Pancorbo (en Santo Domingo de las Posadas), es el hogar de sus rapaces, bueno de las suyas y también de aquellas que le prestan sus amigos criadores para poder emplearlas en los cursos para la educación ambiental que tan bien le están funcionando en la provincia. Sólo el año pasado impartió más de 20 y en algunos rozó el centenar de partici­pantes, como el que se llevó a cabo en Langa. Como son formaciones prácticas y se trata de que especialmente los niños aprendan sobre las rapaces, éstas van con él y los pequeños pueden tocarlas, y volarlas: «Están acostumbradas». No sólo de cur­sos vive este cetrero de pro que lleva en el oficio más de 20 años de los po­cos más de 40 que tiene en su haber y es que las rapaces se emplean además en los cotos de caza: «Ahora mismo estamos en el de Mingorría en una labor de control de córvidos, de urracas», afirma. También han tenido que entrar en centros comerciales para espantar a los gorriones que con tanta frecuencia se meten en su interior ; recuerda además que durante siete años trabajó en la capital para tratar de poner coto a palomas y estorninos…

Pero indaguemos en su lugar de trabajo… Un pollo de búho real hembra nos da la bienvenida a una hermosa parcela con encinas, con una casa en lo alto de un árbol para que juegue la hija de Pedro, un pequeño corral, un huerto… Por allí el pequeño y mullido búho campa a sus anchas pues con apenas mes y medio aún no sabe volar y no hay peligro de que se escape. No tan a sus anchas, pues no es posible por la cantidad de enemigos naturales que tienen cerca Ginetas, otras rapaces, jabalíes …), en los alrededores nos observan enjaulados un macho de halcón peregrino, una hembra de cernícalo americano y un águila harris, también hay una lechuza, pero como es de día dormita en un lugar oscurecido especial­ mente para ella. Cada uno tiene su ámbito de actuación y aunque hem­bras y machos se valoran igualmente por ejemplo las hembras de halcón peregrino al ser más grandes se utilizan en la caza del pato o la perdiz; mientras que los machos, más menudos, se usan para capturar urracas, por ejemplo. Esta semana la mayoría de estos ejemplares no vuelan , están en proceso de engorde lo que les facilita que muden la pluma Ahora no es temporada de caza así que pueden estar pasadas de peso, algo que cambia cuando está avanzado el mes de julio y ya con la temporada de caza a la vista. Y es que explica Aldea que «estas rapaces son como los deportistas, tienen que estar en su peso porque si no, no son eficaces». Cuando llega la temporada o simple­ mente cuando participan en un curso de educación ambiental no pueden estar pasadas de gramos e incluso es mejor que tengan hambre porque de otro modo al llamarlas no atenderían a su dueño. El reclamo de la comida solo sirve si tienen hambre, claro. Aunque en Pancorbo están como en casa, ninguna de las rapaces ha nacido allí: se han adquirido de centros de cría en cautividad autorizados, no puede ser de otro modo. Luego su posesión requiere de permisos: «Es como tener un coche». Deben tener permiso de tenencia y vuelo, se sueltan con un emisor, que es capaz de localizar su posición en un radio de 20 kilómetros y hay que informar de las coordenadas.

Si todo va bien, es decir no sufren accidentes -entre los que la electrocución es el más frecuente- pueden vivir unos 14 años, salvo los búhos, que pueden llegar a los 50. Está claro que en los 21 años que lleva en esto Aldea ha perdido algún ejemplar: «Uno de ellos por mi culpa, le di de comer carne de paloma sin plumas, y tenía alojado un perdigón , al no tener pluma no lo pudo regurgitar y el plomo al llegar al estómago lo envenenó causándole la muerte». De todo se aprende y ahora la comida la compra en grandes cantidades, les da animales de granja pequeños y con pluma que facilitan que el ave envuelva los huesos y lo que no digiere y lo hecha en forma de bola que se llama gragópila.

Su afición le ha llevado a plasmar en esculturas hechas con resina a muchas de estas especies y el resultado es sorprendentemente realista. «Se venden muy bien en los mercados medievales» asegura; también tiene imanes de nevera … Es simplemente otra forma de vida.

12 mayo, 2013, 20:08, por Pedro Aldea en Notas de Prensa.


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